lunes, 11 de agosto de 2014

La novela

Para alguien como él suponía bastante el poder acceder, de manera tan directa, a un trozo del alma de una persona. Así es como lo veía, porque así era como él escribía. Un trozo de alma en cada palabra, en cada frase, en cada historia.

En cuanto la ocasión se le presentó supo que no debía dejarla pasar. No todos los días cae en tus manos algo tan puro -se dijo-, tan virgen, tan cercano al original. Una novela inédita.

Sabía buscar y reconocer una serie de principios en muchos de los que le rodeaban. A veces era sólo un pequeño gesto. En otros casos era la forma de hablar, o de actuar. Pero lo cierto era que en raras ocasiones su intuición se equivocaba.

Ahora lo intuía también. Casi era capaz de sentirlo. El texto que había captado su atención mostraba indicios, detalles, destellos. A medida que leía, descubría más y más. Quizá no era el tema de su habitual lectura, eso era cierto. Quizá él no hubiera escrito la historia en ese tono, o hubiera usado probablemente otras palabras.

Pero lo que si notaba era la intención, el alma oculta que al mismo tiempo trataba de exponerse abiertamente. Al leer la novela sentía el gusto por escribir, la necesidad de contar, de enseñar lo que se esconde dentro de su autora. Eran las mismas cosas que había descubierto dentro de él.

Detectó la conexión. Se vio reflejado de alguna forma en la persona que lo observaba, sin verse, desde el otro lado del espejo detrás de ese libro. Casi podía verla escribiendo, como ahora él. Creando palabra a palabra, sentimiento a sentimiento, con su historia pegada a la piel, sudándola.

Se preguntaba qué necesitaba ella para escribir, ¿tranquilidad, luz, penumbra? Se preguntaba quién sería la afortunada persona que recibía y leía antes que nadie sus creaciones, en el estado más puro, el más cercano a ella misma. Se la imaginó sola, ante su cuaderno, y a Lola y Manuel, los protagonistas, tomando vida en sus pensamientos.

Es difícil explicar ese momento de intimidad total que necesitaba para crear, esa especie de trance. Él había aprendido a buscar y a reconocer ese instante, lo empezaba a valorar por encima de muchas cosas, lo conocía bien, lo necesitaba. Se dijo que ella, probablemente, conocería esa intimidad también y eso lo hacía sentirse comprendido.

Cuando acabó la novela comprendió la dificultad de hacer brotar tanto de la nada, y sintió admiración por la escritora que nacía. En ese instante decidió que la ayudaría en todo lo que pudiera. Ayudaría a hacer volar esta cometa lo más alto posible en el cielo.

Quizá él nunca fuera capaz de tanto.

2 comentarios:

elena vadillo morillo dijo...

Mmmmmmmmmmuchas gracias!

Javier Ordás dijo...

Gracias a ti, Elena, por compartir tu pasión conmigo.