Una vez me regalaron un reloj.
Su esfera era de cristal, muy limpia y transparente. La correa era roja. Podía ponérmelo yo solo en la muñeca cada vez que quería. No tenía dibujadas las horas como todos esos relojes serios que se ven por todas partes. En lugar de tener una manecilla larga, otra corta y otra que se movía continuamente, sólo tenía una manecilla, roja también.