Casi las seis de la mañana.
El reloj, que se alzaba visible desde casi cualquier rincón del recinto, continuaba su marcha atrás imparable. Sólo una hora para abandonar tantas y tantas cosas que se quedarían esperando su regreso. Los malos recuerdos, y los buenos, iban empacados junto con su secador de pelo, sus abrigos y su ropa interior de mil colores.