miércoles, 12 de abril de 2017

Un martes cualquiera

Incienso y oscuridad.

Desde escasos dos metros, la pureza de la Encarnación me contempla mientras rezo, pidiéndole un año más que vaya todo bien. En mi mano siento el calor de una mano pequeña, que imita mis gestos sin saber exactamente que es lo que imita. 

Cierro los ojos y el perfume me rodea, huele a primavera. Abro los ojos de nuevo y me derrito como la cera que muere junto a su cara, sacrificándose por darle la luz que no le hace falta. De pronto un golpe seco, salgo del trance y vuelvo a sentir la ropa ajustada al cuerpo.

- Venga, ponte el antifaz que ya se abre la puerta. ¡Qué nervios, ya vamos para la calle!
- Pero si lo tengo puesto desde hace un rato papá.
- Es verdad, uy, si es que ni veo casi. Voy a ponerme yo el mío, toma aguanta mi vara. Cuidado que pesa mucho, no vaya a caerse.

Con los primeros compases de la banda, que espera fuera, la puerta comienza a chirriar con ese sonido, tan incrustado en mis recuerdos, que hasta imagino que fui yo el que lo plantó en la puerta misma la primera vez que vine con tan solo días de vida. 

Poco a poco el revuelo de capas, túnicas y antifaces comienza a crecer. Todo se vuelve blanco, y morado, y alrededor los cirios empiezan a temblar al ritmo de las manos que los aguantan de pie. Se enderezan las filas de jóvenes y viejos hermanos, se alzan estandartes que son acompañados de varas y más antifaces morados. Y por fin, sin mediar palabra a penas, con un solo gesto del fiscal, la Cruz de Guía se eleva sobre todos, brillante y poderosa, marcando la hora que esperaban cada uno de los corazones que la miran con absoluta emoción, señalando el camino de la salvación, apuntando a Sevilla.

De dos en dos, el cortejo se hace dueño de la calle, en medio de un mar de gentío que se esparce impaciente bajo el sol intratable de primavera. Los primeros pasos son los más difíciles bajo el terciopelo. Aprieta el calor y la luminosidad se hace eterna tras la suave semioscuridad que reinaba dentro de la iglesia. Miro a mi lado y veo a mi hijo, una perfecta réplica de mí mismo, con menos tela y con una vara mucho más pequeña. Desde el primer momento los caramelos y las estampas vuelan de sus manos, y recuerdo otro martes santos, de hace treinta años, donde era yo el que ilusionado miraba a mi padre mientras repartía caramelos sin descanso.

El diputado de tramo agiliza la salida, hay que estar atentos y, a una señal del mayordomo, nos ordena avanzar más deprisa. Ya están fuera los tramos que acompañarán al Señor de la Presentación, y Pilatos asoma sus manos por el dintel, deseando pasear por su ciudad presentando a Jesús a este pueblo que siempre lo espera. 

Se escucha un murmullo, un redoble certero y, a una, la agrupación musical levanta al Señor de la Calzá al mismo tiempo que mis hermanos costaleros separan sus zapatillas del suelo. Suena el himno, el de España, el que no tiene más letra que "vamos con Él valientes, que lleváis al Hijo de Dios, vamos con Él...". Y entre reflejos dorados se adivina el señorío en el andar, el amor de cada costal, la pasión de una cuadrilla que comienza a marcar el compás.

En ese momento me vuelvo hacia delante, dejando de ver al Señor. Entre la Cruz de guía y mi vara, mi hijo, entre mi vara y Jesús, solo quedo yo.

Frente a mí se abre ya el frescor de Muro de los Navarros, y de calle Santiago. Son como un pequeño descanso después de la exigente salida, y se agradecen las gotas de Rocío macareno salpicando mis pasos desde su refugio de Redención. Entre dos la vara me pesa mucho menos, y aprovecho el paso por su Iglesia para darle gracias por permitirme hacer la estación a medias con mi hijo. Algunos rayos se van filtrando colorando las sombras con franjas de amarillo oro mientras nos acercamos a Santa Catalina.

Poco después ya estamos en las setas, plaza de mi querida Encarnación.

- Papá, yo quiero seguir contigo.
- No niño, que más adelante es más complicado poder salir con tanta gente y, además, ¿no estás cansado ya?
- Sí, pero quiero seguir.
- Bueno mira, hacemos una cosa, hoy te sales aquí, que mamá también está cansada, y el año que viene te sales un poco más tarde, ¿vale? 
- Bueno, vale.
- Y aprovecha para comerte ahora un helado.
- No, si yo no me voy a quitar el antifaz hasta casa, papá.
- Ja ja ja, vale vale, de tal palo tal astilla.

Y la Cruz de Guía a lo suyo, buscando la Catedral, se va acercando por el Duque a la carrera oficial. Sierpes siempre es una locura: revuelo de niños pidiendo cera, de adultos buscando su silla, los cruces y los cortes de la policía..., el primer calvario de mi estación. Y entre empujón y tirón en la capa voy rezando mi rosario, solo para mí y para Él. Su túnica se mece entre palmas y gritos de asombro por Campana, yo me sumerjo en mis pensamientos, enredado entre "padrenuestros" y "avemarías".

Al final de la estrechez siempre se abre la avenida, y ya veo el lugar que le da a todo sentido. Entre los palcos Sevilla es más Sevilla que nunca, la Giralda se asoma por encima del Banco de España y el destino de mi penitencia se siente en las carnes, que comienzan a sentir el cansancio. La Catedral aparece gigante, expectante ante la llegada de nuestro cortejo. 

En la puerta espera el arzobispo, anfitrión que por unos minutos me acoge en su casa, que también es la mía. Silencio y recogimiento en el paso por las naves medio desiertas del Templo, mientras el reguero de fieles morados avanza sin dudar hacia el patio bendito de los naranjos, buscando un pequeño respiro perfumado de azahar.

Lo escucho entrar tras de mí, crujidos secos de trabajadera sobre costales que abrazan la madera. Nada se oye más allá del andar acompasado de esos pies que lo llevan con tanto mimo. Son solo unos segundos, nuestras miradas se cruzan. En mi boca un suspiro se quiebra, en su rostro la felicidad de saberse presentado a Sevilla. No respiro por no romper el momento. Pasa por mi lado, me susurra algo al oído, inclino la cabeza y, recuperadas las fuerzas, vuelvo a poner el pie en la calle dispuesto a acompañarlo en la vuelta, soñando los dos con ver otra vez nuestro barrio.

2 comentarios:

Ana Pastor Olivares dijo...

Impresionante !! Que decirte? con el maestro tejera de fondo te he leido, y los pelos como escarpias... a vivir momentos unicos como este, enhorabuena y gracias por compartirlo.

Gerardo Manuel García Guillén dijo...

Gracias por regalarnos tu talento para nuestro boletín. La gente de la hermandad me pregunta quién ha escrito el artículo del Martes Santo ... y es un placer responder: un amigo mío.