jueves, 8 de enero de 2015

El lápiz que no sabía dibujar

Cito era de color rojo, era un lápiz, con cuerpo de madera. Tenía una punta fina, muy delgada, parecía que podría romperse en cualquier momento sólo con mirarla. Era de un rojo brillante, llamativo, nada que ver con esos otros lápices apagados y monótonos hechos de plástico. Él estaba hecho con buena madera de Cedro de incienso y olía a escuela, a escuela de verano, en la que las horas y los días se dedican a jugar y a divertirse.

Cito vivía dentro de una caja de metal con otros muchos lápices, todos amigos desde hacía mucho tiempo. En realidad, casi todos estaban hechos del mismo árbol, y se querían como hermanos.

Cito ni se acordaba del día que Aro, el dibujante con el que trabajaban, los llevó a su estudio. Le gustaba mucho Aro, porque era una persona muy divertida. Todos los días hacía dibujos en los que deseaba los "Buenos días" a sus amigos, unos "Buenos días" especiales, llenos de color y cariño. Hacía también cuadros, ilustraba libros, pintaba cosas muy graciosas y siempre, siempre, sus pinturas sonreían, igual que él.

Podría haber sido muy feliz, pero tenía un problema, Cito, el gran lápiz de color rojo, no sabía dibujar. Por las mañanas, cuando Aro llegaba al estudio, los sacaba uno a uno con mucho mimo, los acariciaba. Les sacaba punta, pero no usaba uno de esos sacapuntas gigantes de boca enorme, como dragones, que tanto miedo dan, sino una pequeña cuchilla con la que les iba recortando pequeños trocitos de madera. Le gustaba que estuvieran siempre perfectos.

Tras el aseo diario, les contaba los sueños que había tenido, y ellos le hablaban de los suyos, y después de desayunar leche y galletas de chocolate, empezaba el trabajo. Aro se sentaba entonces en su silla, alta y cómoda, y les explicaba las ideas que tenía para que ellos fueran dibujándolas con él. Cada día hacían cosas distintas, de muchos colores, casi todos participaban en cada diseño.

Cuando había que pintar algo de color rojo, Aro miraba con resignación a Cito. Le hablaba e intentaba convencerlo para que lo intentara, pero Cito no conseguía nunca dibujar nada. Al final siempre lo ayudaban sus amigos Amarillo y Magenta, y Cito se iba a la caja cansado por el esfuerzo y triste por no poder dejar su huella en los dibujos. Aro después lo consolaba, y le explicaba miles de técnicas para aprender a dibujar. Cito lo escuchaba, pero pocas veces conseguía alegrarlo.

Cito practicaba muy duro cada tarde. Sobre un gran folio blanco se esforzaba para poder hacer rectas y círculos. Probaba a colorear rectángulos, triángulos, sombrear... Pero las líneas las pintaba dobladas, los círculos nunca era capaz de cerrarlos, siempre se salía de los márgenes... A pesar de todo, él seguía cada día intentándolo, recordando las técnicas que le explicaba durante el día Aro, trabajando duro.

Casi nunca practicaba sólo, siempre estaba alguno de los colores de su caja con él, pero los que más le querían eran Amarillo y Magenta, los tres se habían hecho inseparables. Se ponía cada uno a un lado de Cito y, juntos, procuraban unir puntos, se agachaban para dar sombra y hacían caminos de tres colores por todo el folio. No era raro ver un corrillo de colores de cera, portaminas y pinceles alrededor de Cito, dándole ánimos e ideas para que avanzara en sus prácticas. Todos los que vivían en la mesa de Aro querían ayudar a su manera a Cito y éste, emocionado, les daba las gracias al final de cada jornada.

Así, entre clases de Aro por la mañana (que le daba en cada descanso que se tomaba), y prácticas por la tarde con los otros lápices de madera, de cera y pinceles, iban pasando los días.

Un buen día, Aro llegó al estudio como cada mañana, pero algo había distinto en el aire del salón. Algo en la cara del dibujante, en el brillo de sus ojos, hacía pensar que todo sería diferente. Durante la noche, mientras dormía, se le había ocurrido un dibujo en el que Cito podría participar. Consistía en un gran fondo rojo en el que colocaría personajes y frases en blanco y amarillo. Cito no tendría que preocuparse de seguir líneas, ni colorear sin rebasar límites, nada de eso. Simplemente tendría que dar rienda suelta a su imaginación, corretear por todo el folio rellenándolo y dejando su huella por todas partes.

Todos estuvieron encantados con la idea, y hasta la vieja señora Goma de Borrar, triste, sorda y gruñona como era, comenzó a sonreír y a dar saltos por toda la mesa borrando trazos de negro y color allá por donde pasaba. Pero a nadie le importó, porque todos se alegraban por su amigo rojo de madera.

Se pusieron manos a la obra. Cito corrió, saltó de un lado para otro, riendo y silbando, se olvidó de todo y se lo pasó en grande. Cuando ya no podía más, cansado y resoplando, paró y todos observaron lo que había hecho. Aro añadió algunos trazos en blanco, negro y amarillo y el resultado fue tan bueno que comenzaron a hacer dibujos de esa forma cada día. Todo el mundo que los veía se enamoraba de ellos y le hacían encargos con el fondo rojo que rellenaba el folio a modo de gran telón.

Desde aquel momento Cito es el lápiz más utilizado y admirado, e incluso ahora dedica las tardes a enseñar a Verde y a Azul a hacer grandes telones de fondo sobre un folio en blanco. Lo hacen juntos, mano a mano, madera con madera.

Y de esta manera Cito, el lápiz que no sabía dibujar, encontró su sitio dentro del estudio de Aro y fue feliz para siempre.

3 comentarios:

elena vadillo morillo dijo...

Bonito cuento. Y didáctico. Aro? Je jeeeee! Sin comentarios. El fondo rojo? Bueno, bueno............. En definitiva, me encanta! como siempre.

Carmen dijo...

Precioso y muy aplicable a la gestión de equipos;-)

Carmen dijo...

Precioso y muy aplicable a la gestión de equipos;-)