martes, 27 de enero de 2015

El reloj sin horas

Una vez me regalaron un reloj.

Su esfera era de cristal, muy limpia y transparente. La correa era roja. Podía ponérmelo yo solo en la muñeca cada vez que quería. No tenía dibujadas las horas como todos esos relojes serios que se ven por todas partes. En lugar de tener una manecilla larga, otra corta y otra que se movía continuamente, sólo tenía una manecilla, roja también.

Tenía varios dibujos hechos a mano, creo yo, porque eran muy bonitos y me recordaban a los que hacía con mi abuela. Nos sentábamos en verano en su terraza, frente a la playa y, en un cuaderno pequeñito que tenía, nos poníamos a colorear y a pintar lo que se nos ocurría. A mí me gustaba dibujar mi cole, a mis amigos, a papá y a mamá. Mi abuela dibujaba caballitos de madera, soldaditos de plomo y ositos que parecían de peluche.

Me gustaban los colores con los que estaban hechos los dibujos de mi reloj: celestes, amarillos, verdes..., parecían hechos con lápices de cera. Podía ver el patio del recreo de mi cole, mi pupitre en la clase de la seño Ana, mi babero de motos y coches, el parque que teníamos al lado de casa, con su tobogán grande y los columpios y todo.

Ese reloj sólo era para niños porque los mayores no lo entienden. Ellos sólo quieren grandes relojes con números, que sólo dan las horas, una tras otras: din, la una, din din, las dos, din din din… Y unas manecillas que siempre hacen lo mismo tic tac, tic tac. Van mirando todo el tiempo sus aburridos  relojes, sin darse cuenta que mientras que lo hacen se les escapa precisamente el tiempo.

Mi reloj, el que me regalaron, era distinto. La única manecilla roja se movía encima de uno de los  dibujos para que siempre supiera que era lo mejor que podía hacer en cada momento. Los días de sol, la manecilla se ponía encima del dibujo del parque, y yo ya sabía que lo pasaría en grande con mis amigos tirándome por el tobogán gigante.

Los días que hacía mucho calor, la manecilla se paraba sobre el dibujo de la piscina, o el de una playa que se parecía a la de mi abuela. Por las mañanas, los días normales me señalaba mi pupitre, y yo me divertía haciendo las fichas y aprendiendo con mis compañeros, aunque también me gustaba mucho cuando señalaba el patio del recreo, claro.

Un día se paró sobre un dibujo que no entendía muy bien, que no había visto antes, y desde entonces está parada en él. Ha pasado mucho tiempo de eso, ahora se que significa porque ese dibujo es lo que veo en el espejo de mi cuarto cada vez que me miro en él. Creo que mi reloj me dijo aquel día que lo mejor que podía hacer era crecer y, como siempre, hice lo que me decía. Fue la única vez que se equivocó. Desde entonces sólo quiero que mi reloj funcione como antes.

Después de muchos años, está mañana, la manecilla roja se ha vuelto a mover y se ha puesto justo encima del dibujo del parque que había junto a mi casa.